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La Coctelera

Suave es la noche

Categoría: Relatos

6 Septiembre 2007

Un mundo perfecto

“Sombras en el horizonte, sombras, nada mas” (El verdugo y la sangre)

En el siglo XXII, todo vestigio de libertad ha sido aniquilado.

Después de la III Guerra Mundial, con un balance de 237 millones de muertos, la situación se volvió insostenible: El cambio climático acelerado, la extinción masiva de especies animales, el aumento de la pobreza, la oleada de desesperados que llamaban a las puertas de los países ricos pidiendo una esperanza, la presión y manipulación de los poderosísimos grupos mediáticos, entre otros factores, provocó que las democracias se vieran desbordadas, incapaces de satisfacer las necesidades de una ciudadanía angustiada y acosada por mil problemas.
A finales del siglo XXI, ante la inacción de los partidos tradicionales, surge una corriente ideológica que se abre camino entre el magma de desesperados.
Son los movimientos estructurales, una nueva filosofía que propugna que el ser humano solo es un animal encajado en una estructura socioeconómica y legal. Para los estructuralistas, las libertades democráticas son puras ilusiones vanas, fuente de toda inestabilidad y su abolición llevara a la humanidad a un nuevo estado de orden y perfección.
Tras la desaparición de los sistemas democráticos, que caen como fichas de domino, El Movimiento se hace con el control absoluto, absorbe todos los poderes imaginables.
Es el nuevo totalitarismo.

Los grupos rebeldes que se oponen al yugo, sufren una represión brutal.

En una celda cualquiera, de una megaciudad cualquiera, se hacinan acusados de rebelión al Sistema Global.
- No quiero morir. Tengo miedo – dice el preso numero 27.
Dos Interrogadores Oficiales entran en el habitáculo y se llevan a un preso.
Horas más tarde, los dos individuos charlan animosamente.
- No ha confesado nada. Es duro de roer. Y eso que le hemos aplicado el Protocolo 1005. Pero mañana habrán desaparecido esos bastardos. La pena por rebelión es la muerte.
- No te preocupes. Descubriremos quien ha distribuido esos libros.

Leer esta prohibido.

Comentario del autor: Este relato es pura ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero si la humanidad no cambia a tiempo el rumbo y soluciona los problemas presentes y futuros, nuestras peores pesadillas podrían hacerse realidad.
La libertad define al ser humano, pero también el ser humano define su libertad, y elige lo que quiere hacer con ella. Elegir mal es desprestigiarla, y sumar puntos para que un día desaparezca. Tal vez algún día, una persona joven de una futura generación, pregunta a su padre donde empezó todo, donde empezó la decadencia de la civilización. Y su pobre padre recordará, en ese mismo instante, los dorados años de juventud,cuando no se veían sombras en el horizonte.

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6 Septiembre 2007

Retorno

Los árboles miran a lo largo del camino, mudos, silenciosos, testigos de las penas y miserias de aquellos que osan atravesar la distancia hasta el pueblo. Atrás queda la estación, como una isla en el desierto, como un barco que arroja náufragos que no piden nada.
Un kilómetro puede hacerse muy largo, sobre todo si se lleva la cabeza llena de melancolía y una extraña desazón, compañera de viaje.
Aquella mañana la maleta me llamaba desde el rincón, anunciadora de un viaje imprevisto, repentino. Presagio de noches oscuras. Nadie me esperaba, solo el viento imitaba frases y ecos lejanos. En el horizonte, los campos labrados por campesinos ya fantasmas, y en el cielo, un sospechoso sol. Las calles del pueblo estaban desiertas. Unas calles donde había jugado, sufrido, herido, en la infancia de nuestros días; cuando todo aun se se anhela y las noches se temen. Aquí jugaba. Allí reía. Tal vez allí sentí congoja por primera vez. De aquellas acciones solo el recuerdo, fantasma que puebla mi mente. ¿Era yo aquel niño de rizos dorados y brazos abiertos, desconocedor de la angustia y la ansiedad temerosa ?.
El chirriar del pórtico dio acceso al interior de la casa. Una sala enorme recibía a los visitantes. El color salmón de las paredes, recias, opacas. La lentitud de los muebles y la oscuridad entre esquinas. El silencio era absoluto, mezquino, obligado a melancolías. En la cocina, olor a pan, a vida, a bizcochos, a un sabor primario, libre de falsedad e hipocresía.
Dejé la chaqueta sobre el viejo diván. La foto de un antepasado desconocido miraba escrutadora, arrogante, tal vez llena de soledad su pictórica alma.
Mi adolescencia fue atravesada de temores y miedos. Entre estas paredes aprendí la fugacidad de la vida, sentirse solo y desamparado en un mundo de lobos. Personajes iban y venían, con sus risas, sus necedades, sus manías, productos de un universo gris. Madrugadas de hielo y sonar de tejados. Una plaza siempre es una plaza, pero es distinta si es tapizada de recuerdos, si en el eco hay un niño que sonríe, preguntando que harás tú cuando despiertes a la verdad.
La tinaja, la despensa, el pozo, la tienda de caramelos. Una atmósfera de tibieza lo rodeaba todo, ahora que aquel universo estaba en sus horas bajas, en su decadencia.
Cuando desaparezca seguiré el mismo destino que el resto de los mortales: me convertiré en polvo sobre el polvo, en recuerdo abatido, en un brillo fugaz .El destino de la humanidad es mirar a las estrellas sin entender nada, para luego desaparecer para siempre.
Polvo en el camino y un brillo en los ojos forman parte de tu esencia.
Porque en tu esencia esta toda la genialidad del universo y toda su tragedia, y porque juntos somos lo mas bonito que ha creado Dios en esta Tierra.

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6 Septiembre 2007

Las brumas de la nostalgia

“Canta el muchacho en la noche...sabe que no es nadie” (la soga y la horca)

Es ella. Como corre a través de las esquinas, a través de mi sangre y mi locura. Se escapa. Huye. Soy el demonio que persigue lo que no existe, estrella fugaz de mediodía. Es la libertad.

Llegue a este sórdido lugar cuando tenía 23 años. De un sitio a otro, vagabundeando, se cae en la ciénaga.
Los portales de prostíbulos y los maleantes acosaban en las esquinas, pero mi mente estaba más ocupada en otras tareas, menos mundanas.
La intención de ser libre, romper con correas de una sociedad idiotizante, fuerza a los individuos a llegar a lugares marginales, donde no hay dios, ni destino, donde no se pregunta nombre ni linaje, y donde cada ser se enfrenta a su propia esencia.
Nadaville era ese lugar, a medio camino entre el abismo y la locura. Sus edificios de terrible geometría, construidos por manos sudorosas que ya no existen, o tal vez construidos por un demonio risueño. Sus gentes, sin miradas lucidas, ni brillantes, sin gomina en el pelo, derechos caminantes hacia ningún lugar, colocados en el mundo al azar. Se agolpan en los soportales, en las callejuelas, con esos ojos aviesos, buscando un respira a sus fatigadas vidas. Viven porque su corazón, su caja negra, sigue latiendo, obstinada, sin concesión al descanso.
Conseguí un trabajo en una tienducha de sospechosa tarea. Digo sospechosa a causa del desconocimiento y el desinterés que su causa me provocaban. No estaba allí para vender gilipolleces, si no para encontrarme a mi mismo, o tal vez para encontrar algo de diversión. Las horas bajo el toldo grasiento pasaban sin cesar, tedio solo interrumpido por alguna pelea, navajeo, o cadáver a babor. Es curioso como la gente se acostumbra a cualquier situación, por penosa que sea.
Pese a las carencias, era feliz. En este lugar ningún dios podía alcanzarme, ninguna religión podía extorsionarme, ningún político provocaría nauseas a su paso. Solo la naturaleza pura y brutal campaba por aquellos parajes de cemento y geometría.
Una mañana de un día cualquiera decidí dejar atrás mi pasado, una vida de cansancio, rutina y sinsabores, de entornos grises y embrutecimiento letal. Cogi cuatro armatostes y no salieron lagrimas de mis ojos. Nadaville era mi destino, sus tierras baldías eran mi destino, el destino de los inconformistas era mi destino.
La bruma de la nostalgia es peligrosa, cuando una nube de pensamientos se tiñe en nuestra mente. Queremos alejarlos, pero siguen hay, acosándonos, mostrándonos la locura y la angustia de nuestros días limitados. La dama de la guadaña llama a tu puerta y, ¿Qué eres tú? No eres nada. Solo eres polvo de estrellas, y nada más.
Sentado en mi miserable sillón, a través de mi miserable visión, observaba un cuadro extraño, de sugerente titulo, que colgaba de la pared como un fantasma traidor:
“La soga y la horca son tan reales como el sol”
En este pueblo eran gustosos de las ejecuciones en público, jaleadas y pintadas en bonitos cuadros.
La lengua morada del desgraciado retratado me dio sed, sin conocer la relación causa efecto.
La tasca del paleto local, llamado Evaristo, era un lugar sucio y apestoso. Sus paredes pintadas de cal, sus mesas de madera y sus rameras revoloteando por el local eran todo un espectáculo. Por unas monedas, una de aquellas mujeres podía enseñarte cosas que escandalizarían al más pintado beatillo.
Mientras un tuerto echaba una extraña sustancia a mi jarra, sustancia que yo juzgue por algo bebible, un manco me miraba fijamente, sospechosamente, atraído tal vez por mi cara de forastero, o por el no-ojo del tuerto. Se acercaba aquel ser repugnante, ya notaba el aliento fétido a vinacho.
Aquel sujeto viva en un caserío abandonado, en la periferia de la periferia.
¿Puede la mente humana soportar la soledad absoluta, sin caer en la locura, sin caer en el pozo de la angustia y de la desesperación? Un hombre solo, se enfrenta a su propia imagen en el espejo, la imagen de la frustración y la desidia. Aquel hombre vivía en la más absoluta soledad. Se sentó en una vieja mecedora, chirriante y llena de polvo.
Abstraído del mundo a través de sus pesares, me miraba fijamente, a través de mí, hacia la nada.
-Quiero abandonar este mundo de miseria –susurro levemente. Y quiero que me ayudes. La vida ya no tiene sentido para mi. Paso todos los días sentado en esta piltrafa de madera, o tirado por las calles, sin rumbo ni final. No tengo familia ni conozco a nadie. En este pueblo, abunda la paranoia, y nadie se fía de nadie.
Le miraba absorto, mezcla de desconfianza, sin entender nada.
-¿Quiere que le ayude a colgarse de una soga gruesa? –dije, cínicamente, sin esperar contestación alguna. El viento bramaba con fuerza, gritaba, era la imagen del espanto y el horror, aquel sujeto pidiendo morir, y yo deseando salir de allí.
- La cuestión no es tan sencilla. El momento de la muerte asusta a cualquier hombre, pero no es del final de lo que tiene miedo. Lo que aterra y congela el corazón es saber que vas a morir en un momento dado, que todo va a terminar cuando caiga el filo de la guillotina o disparen los soldados del pelotón. Una ejecución es algo cruel. Pretendo morir sin enterarme, no quiero ver caer la última gota en la clepsidra. Soy un cobarde.
-No entiendo nada –dije. Tendrá que ser mas claro.
-Deseo que me mates sin avisarme, un día cualquiera, un tiro limpió, y paz de espíritu.

Una mañana clara de agosto, el bramido de una escopeta sonó, sonó también el ruido sordo de un cuerpo inerte cayendo, sonó mi conciencia al arrebatar una vida. Su deseo era morir, lo hice realidad, y no me arrepiento. Tal vez porque soy un monstruo y no tengo alma. La vida es el escenario donde se representa una cruel comedia, y tarde o temprano, el telón tiene que caer.

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6 Septiembre 2007

La vida es bella

No tenía nada que comer. Su existencia estaba viciada de violencia, frustración, muerte y vacío. Así transcurría la vida de este ser sin nombre, hundido en una colectividad sin rumbo.
- Tengo hambre y sufro dolor de cuerpo y alma – dijo Sin Nombre al párroco de la iglesia local.
- Dios nos manda sufrimientos y tenemos que soportarlos – dijo el párroco, conocido en toda la extensión como Pajarraco Alzacuellos, mientras se comía un trozo de jamón del tamaño de una vaca.
- No se quien es ese dios; nunca lo he visto; ¿Por qué me hace sufrir? – dijo Sin Nombre, mientras una lagrima corría por sus tiernas mejillas.
El olor a otoño inundaba la estancia, mientras un suave viento sonaba tras la lóbrega puerta.
- ¿Existe realmente ese tal dios? – dijo el muchachillo, cargado de inocencia.
Ante esta pregunta, Pajarraco se irritó, dejo el jamón a un lado y expulsó de una patada en el culo al pobre muchacho. Realmente, el clérigo no creía en ningún dios, pero si lo hacia solidamente en llenar la barriga a costa del sudor de los ignorantes, los cuales eran saqueados con impuestos múltiples.

Afortunadamente para la humanidad, es imposible engañar a todos todo el tiempo.

Una mañana clara, Sin Nombre se adentró en el bosque. Se sentó sobre una gran piedra y comió algunas bayas. Mientras devoraba el escaso alimento, se puso a pensar sobre el incidente de la parroquia. El párroco no había resuelto sus dudas sobre la existencia de un dios cruel y vengativo, que forzaba a pasar hambre, trabajar duro y malvivir. Algo en su cabeza le decía que eso del dios era una mentira, pues nunca lo había visto, ni había oído a nadie comentar que lo había visto.
De repente, una idea cruzo su cabeza como una flecha, una idea no llamada, ni requerida.
- No existe. Y aunque existiera, le daríamos de lado. Nosotros hemos de ser dueños de nuestra vida, de nuestro destino, forjar una comunidad sin ataduras.
Sorprendido por esta nueva visión de la realidad, fue a comunicárselo al resto de paupérrimos, los cuales acogieron la noticia ilusionados por una vida mejor, una vida de cultura, de ciencia, de progreso, donde la gente pudiera sonreír cada mañana, y vivir, y amar. Y ser libres. Y lo más importante, ser felices.
La nueva filosofía corrió como la pólvora por los pueblos y aldeas, que ardieron de revolución y entusiasmo.

De Pajarraco Alzacuellos, así como otros de su calaña, nunca más se supo.
Pero cuenta la leyenda que, después de ser colgado de una cuerda de piano y su cadáver expuesto al público, se preparo un rico guiso con el cuerpo, y todos se chuparon los dedos, y vivieron felices para siempre.

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6 Septiembre 2007

Corazones y Mentes

La calle tenia un aspecto cenizo, fantasmal, eternidad sucia y descabalada.
Salazar pensó en sus sentimientos hacia ella. Le dolía la realidad, pesaba como un lastre sobre su alma, en otros tiempos alegre y jovial, y ahora encadenada en un abismo sin nombre. << La olvidare. Olvidare su rostro angelical, su mirada liquida, y esa tierna ingenuidad que llevan encima los que aun no han sucumbido ante el peso de un mundo loco y desquiciado, hastiado de ser mundo>>, se dijo en voz alta, deseando ser escuchado por alguien. Pero no había nadie en la habitación. Estaba solo…y enamorado de una mujer que pertenecía a otro mundo, un mundo de luz y vitalidad, fiestas, gente sonriente aquí y allá, luz en el pelo y alma de esparto. Un mundo que el nunca conocería mas que en sueños. << Existe algo llamado clases sociales. Funcionan como compartimentos estancos, y todas las personas están registradas a uno de ellos desde el nacimiento. >>, le dijo un día su madre, cuando era niño. No entendió bien lo que quiso decir, pero aquellas palabras le dolieron muy dentro, como si fueran premonitorias de un destino fatal, obra de un dios cruel y despiadado. Su madre había muerto hace tiempo. Una muerte cruel e injusta, como todas. Se durmió recordando su infancia en el barrio, llenas de carreras, juegos e ilusiones truncadas.
Era noviembre, frío, húmedo y existencial. <<Noviembre es el mes de la melancolía>>, pensó, mientras se vestía para acudir a la oficina. Al bajar las escaleras, se topó con dos camilleros de aspecto fúnebre, que transportaban un cadáver anciano. << Debe llevar muerta unos diez días. La policía nos dio el aviso para que viniéramos a recoger el cuerpo<<, dijo unos de ellos; <<diez días es tiempo excesivo, el cuerpo no esta putrefacto>>, replico el otro, con aire altanero, como si arrastrar cadáveres fuera motivo de orgullo.
Dejo atrás a los funestos personajes con su debate mortuorio, y se encamino hacia la parada del autobús. Tras esperar quince minutos de frío y lluvia, el monstruo mecánico se trago a los impacientes transeúntes.
El señor Irving no era el típico de corazón grasiento y boca larga, sino mas bien un ser callado y tímido, de mirada sabia, portadora de una intuición que daba miedo. <<Este invierno va a ser duro, sobre todo para mi rodilla... Le noto preocupado, señor Salazar. A mí edad, las personas nos convertimos en antenas andantes, capaces de sentir la pesadumbre de los demás>>, dijo el viejo, mientras se aferraba a su rodilla, con gesto de dolor. << La vida, señor Irving, es un continuo teatro de las preocupaciones, hasta que baja el telón y la sala se queda oscura>>.
Lo que realmente preocupaba a Salazar no era que bajara el telón, algo inevitable, sino que la función siguiera representándose sin que el estuviera invitado.
<< ¿Ha leído el periódico ?>>, carraspeó el anciano. No solía hacer mucho caso a los diarios, pues por todos era sabido que determinados rotativos eran más útiles para empapelar las paredes, que como informadores. << ¿Figura algo interesante, o siguen haciendo alabanzas al gobierno de turno ?>>, replicó Salazar, con un tono mezcla de amargura e ironía.
Trabajar en la brigada de homicidios supone enfrentarse, diariamente, a los vericuetos del alma humana, con sus penas, sus miserias y grandezas, aunque de esto ultimo apenas se haga noticia. Dos meses habían pasado ya desde el primer y misterioso asesinato, sin pruebas, sin testigos, sin hilos por donde tirar. Una locura. Salazar dio un sorbo al café frío, mientras ojeaba el informe de la autopsia: " mujer de raza blanca...veintisiete años....muerte por estrangulamiento.... no aparecen signos de lucha...." Este último dato le desconcertó, aunque su reflexión fue interrumpida por su secretaria. << Ha llamado una tal Anderson. Era algo referente a una cita. >>
Una cita. Bonito convencionalismo para nombrar la imposibilidad de alcanzar unos ojos, una boca, un ángel azul, Fiorina Anderson.
El lugar elegido para el encuentro era un viejo café del centro de la ciudad, de mobiliario vetusto y miradas curiosas. Cuando llego, ella ya estaba allí, provocadora de mil sueños, y artífice de un estilo inimitable.
<< Te has adelantado. La puntualidad es una rara virtud en este país>>. Quiso forzar una imagen de seguridad, lo más fácil para dejar ver las cartas de la inseguridad. Tragó saliva y pidió al joven camarero dos vodkas con limón. <<En mi infancia pase algunos veranos en Londres. De los ingleses me lleve la puntualidad, y deje el Támesis>>, dijo ella, con una sonrisa que iluminaba toda la estancia, todas las caras, el triste invierno a este lado del paraíso. Su vestido salmón, ligeramente caído, su sombrero ladeado, todo en ella daba un aspecto de eternidad, de solidez, de ser inalcanzable, pero también de fragilidad, y de sueño eterno. Al piano sonaba una suave melodía.
La señorita Anderson se codeaba con lo mas granado de la ciudad; su influencia era notable, sobre todo, en las asociaciones de mujeres. Después de cinco asesinatos, la labor de un inspector de homicidios era advertir a las potenciales víctimas. << Desconozco si esta al corriente de la tragedia que se abate sobre esta cuidad>>, lanzó Salazar de repente, aunque la verdadera tragedia la vivía él en su interior; cumplir con su obligación y mantener la debida distancia, como consejero que avisa a las gallinas de la llegada del lobo, o confesar lo que sentía por ella. << Lo se. Las mujeres están aterradas.No abren la puerta a desconocidos, y apenas salen a la calle. La policía se muestra claramente incompetente para capturar a ese maníaco, - dijo ella duramente, con una futura lagrima en sus ojos- , lo siento. No quiero decir que usted sea un incompetente, me refería a....>> La conversación fue interrumpida por el sonido de un teléfono. Salazar se disculpo lo mas educadamente que sabía, y puso fin a la cita.
En el exterior, la calle era un río sin retorno, un torrente de almas, infierno de Dante. La luz difusa de las farolas y el devenir de los coches hacían la noche aun más oscura. Una llamada de teléfono. Un nuevo asesinato. Incremento de la locura. Esta vez el asesino se mostró mas osado que en las ocasiones anteriores, y había dejado el cadáver a las puertas de un colegio, para que las inocentes criaturas se deleitasen con su nueva hazaña.
La radio hacia girar el sonido, lento y comatoso, mientras la madrugada se echaba sobre la ciudad, como si fuera un león sobre su presa. El apartamento de Salazar estaba desordenado, papeles encima de la mesa, un vaso de whisky, y un cuerpo humano tendido sobre el sofá, un cuerpo que soñaba con amores imposibles, largos paseos a la orilla del río y noches cálidas, llenas de abrazos y besos. Deseos de una mirada de complicidad, por que no, las dos palabras mágicas que todo ser desea oír en su vida: te quiero. Te quiero. <<Sueños imposibles en una cuidad loca, desesperada, hombres como hormigas, sin destino y sin rumbo>>, pensó Salazar, mientras el sueño le vencía y le hacia caer en un profundo sopor.
Dicen que los sueños nunca se cumplen, que la vida es una enfermedad terminal, paradoja terrible de la existencia. Una existencia plana, vacía de sentido, solo iluminada por pequeñas chispas de alegría, fugaces y eternas. Las personas solo somos actores en el teatro de la vida, y la función tiene inicio y final. En aquellos funestos días, el papel que le tocaba interpretar a Salazar era el de cazador de un asesino implacable, que amenazaba con tragarse a la cuidad entera. Un monstruo que había iniciado un macabro juego, donde todos perderían.
<< Por lo menos tiene sentido del humor>>, dijo Salazar, mientras observaba unas fotos de la escena del crimen. << No me puedo imaginar que clase de monstruo es capaz de algo así>>, dijo el comisario Sthendal, un hombre robusto, de mirada curtida, cuyo rostro rara vez reflejaba una sonrisa. << Disfrazar un cadáver de Papa Noel indica un cierto sentido navideño, festivo >>, rió Salazar, por poco tiempo, ante la mirada inquisidora que le lanzó Sthendal.
Una mesa revuelta en documentos e informes y una cabeza envuelta en dudas no era buena para atar cabos.
Todos llevamos un monstruo dentro, la forma primaria de siglos de evolución. Nuestra sofisticada y bienpensante sociedad no puede librarse de la oscuridad, solo puede arrinconarla, adormecerla, a través de comodidades, lujos e hipocresía general. Pero sigue ahí, acechando, dentro de cada uno de nosotros.
Seis millones de almas duermen ignorantes, mientras unos ojos asesinos asedian por las esquinas; la función siempre acaba, tarde temprano. Y el horror parece desaparecer momentáneamente. Un día de mañana clara y sol despejado, el asesino fue capturado; y con el fue capturado el ser que había mantenido en jaque a una colmena de almas en vilo, pendientes de una noticia que las librase del miedo, de la incertidumbre, del riesgo de ser víctimas de un juego cruel. Los monstruos no tienen jamás apariencia de monstruo, algo difícil de asumir por la humanidad. En este caso, un estudiante de veinticuatro años, introvertido, de rostro pálido y ojeras difusas parecía ser el representante de la paradoja.
Nueve cadenas perpetuas consecutivas. << Una condena absurda -pensó Salazar, mientras se debatía entre el sopor de la tarde y el deseo de no sentir nada - por definición no se puede cumplir mas de una cadena perpetua. Absurda, pero justa. >> Un escalofrío recorrió su cuerpo. El no se había librado de su condena, de ese amor despiadado, incomprendido, difuso, con tendencia a la negación. Se acerco al teléfono con el deseo de llamar a la señorita Anderson y citarla con la excusa de la captura del asesino, pero la angustia, la ansiedad y el temor le impedían marcar el número de teléfono. <<Un conjunto de números me separa de una persona. Nunca me gustaron las matemáticas, pero nunca pensé que fueran tan vengativas. >>
“Trastorno de personalidad, motivado por maltratos en la infancia". El informe del psiquiatra era claro y evidente." Disociación de la personalidad y ausencia de remordimientos".
Hay muchos mundos, pero están en este; mundos de dolor, sufrimiento, aislamiento, donde se forjan los monstruos del mañana. Los verdugos del mañana, hoy son víctimas calladas y silenciosas, incubadoras de un odio que al final explota, llevándose por delante todo lo bello que se supone que lleva una persona en su interior.
Tras la ventana, llovía un mar de gotas que caían como plomo, sobre la calzada, sobre los coches, viandantes. Una nebulosa de luces de neón y un cielo estrellado formaban el escenario perfecto para una noche de duelo.

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6 Septiembre 2007

El paraiso perdido

“Danza, danza, loco, que se acaba la música…” (Un loco en su altar)


De regreso a la lóbrega casa, atravesando la empinada cuesta, una madeja de pensamientos se arremolinaban en mi cabeza. Una serie de extrañas desapariciones habían tenido lugar en El Romeral, pueblo situado en la frontera de la cordura, habitado por sujetos mas parecidos a habitantes de un comic macabro.
La escasa hospitalidad de los individuos, prestos a cerrar ventanas y otear a través de persianas, me irritaba, pero no lo suficiente como para abandonar el caso. A fin de cuentas, era mi trabajo, ingresos suficientes para lucir corbatas horteras y beber martines en bares que no superarían la más elemental de las inspecciones sanitarias.
Allí estaba yo, a punto de entrar en un caserío del siglo XIX. ¿Estaba loco? Puede. Quien no lo esta en cierto grado. La locura es necesaria para suavizar el conflicto entre realidad y deseo.
Al abrir la puerta desvencijada, un chirriar espantoso de los goznes, y un olor aun mas espantoso a abandono, a vidas que poblaban entre las paredes, ya desaparecidas, inevitable destino. Subí la escalera, abrí la puerta de la habitación y…allí estaba el, mirándome con esos ojos sin vida…

Todo empezó una mañana clara, de nubes azules y buenos presagios, más falsos que la gaceta de los domingos.
Al abrir el buzón, una carta, mirándome, con papel escrutador. Imposible resistirse a saber que contenía, sin remite, sin dirección, blanca, sobria, fría, como las cartas de las amantes despechadas o novias que se fugan con el marinero de turno. El texto en su interior rezaba lo siguiente:
“Usted no me conoce, pero eso pronto se solucionara. La soledad es espantosa. Quiero dejar de pensar…..la obsesión…la obsesión…ya vuelve…y me atrapa……y me retuerzo en sus redes….convulsiones…..no quiero hacer nada malo…pero la vida……cual es el sentido…..no hay…..me duele……..”
El texto estaba garabateado, e incluía algunas palabras mas, ininteligibles, escalofriantes, escritas sin duda por alguien en el filo de la locura…
El primer pensamiento fue arrojarla a la basura y olvidar, pero no lo hice. No se la razón, pero deposite la carta en la mesa del salón, al lado del bebercio.
En el dorso de la carta había una marca, un sellado, una extraña inscripción. Mi sangre se helo por momentos….Allí estaba ese signo diabólico del que todo el mundo hablaba, portada de periódicos, cicatriz sobre los cadáveres de la calle Rioja. ¿Puede ser humano un sujeto capaz de matar y estampar sobre la piel de la victima signos con un objeto candente? ¿Que clase de monstruo acechaba en las frías esquinas?
El caso se tornaba cada vez más sombrío, pues junto con la sospecha de que me vigilaban, se cernía un cielo sombrío, de incertidumbres, de miedos, de desesperanzas…. Ojala nunca hubiera aceptado el caso…. He llegado a las puertas del infierno…..No hay esperanza….

Allí estaba el, con su mirada fría, carente de humanidad, retándome.
-Buenas tardes –dijo.
Saque mi pistola. Un sudor frió recorría mi espalda. En el caserón destartalado el viento bramaba brutalmente, parecía que el cielo se iba a caer sobre nuestra cabeza.
-No se acerque, o me veré obligado a disparar. –dije, con una voz ridícula, presa del miedo, del profundo terror que emanaba aquel ser, situado mas allá de este mundo, mas allá de la piedad o la conciencia, mas allá de lo humano.
-No necesita esa pistola, ni la violencia. Solo pretendo conversar un rato con usted. Le he observado cierto tiempo. Se que esta sufriendo por eso que los humanos llamáis amor. Una mujer le partió su pobre corazón y ahora usted se arrastra a recoger los pedazos, a llenar noches de alcohol, esperando, soñando con escapar del dolor, del dolor de vivir, del dolor de la perdida. Usted la quería, pero es un cobarde y no se atrevió a decírselo. Se quedo como un pez en un estanque, con cara de bobo. Y la perdió para siempre.
Aquel ser repugnante tenía razón. Es un horror vivir con el desconsuelo de la cobardía. Caí fulminado al suelo.
Y ahora, por siempre siempre jamás, mi alma vagara por estos contornos, anhelando su dulce fragancia....por siempre jamás.......

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6 Septiembre 2007

Al alba

“Al alba, solo un reguero de sangre”

Su mundo ya no era su mundo. Era una escombrera de horror y de amargura, de odio y de rencor.

-Madre, mi corazón ya no late.Se paró en mitad del sueño, en mitad de la nada.Madre, ya no tengo esperanzas, ni deseos.Solo soy una carcasa vacia.El alba me hiere de amargura.

-Hijo mió, ya creciste.Tus ojos ya no destilan el mar.La inocencia se fundió y el mundo ya nunca te dejara soñar.

-Pero yo quiero vivir una dulce alegría, no hundirme en el sucio fango de la locura y el horror. ¿Y por que mi corazón no late con el dulce tintineo de la vida?

-La muerte es inexorable.El mundo te ha matado.Tendras que vivir la vida insípida, hasta que tu cuerpo se desmorone a trozos, en un futuro lejano e incierto.Y pasaras a la eternidad absurda, al sinsentido del vacío.

La tarde era gris, gris de locura y vacío, de rutina e incertidumbre.

Manuscrito encontrado cerca del cadáver, una tarde cualquiera:

“Ni me quieren ni me aceptan. Nunca lo harán. Pero todo se acabará cuando deje este mundo, cuando llegue el suicidio liberador. No tengo destino, ni futuro. Nunca lo tuve. De niño pensé en futuro dorado. Ingenuidad. No existe más que el horror y la violencia, la frustración y la desesperanza.

Todo tiene que finalizar ahora. La navaja, siempre la navaja, como elemento mortificador y desconcertante.

“Mi hijo ya no está conmigo, ya no puedo oír su amarga voz. Un día decidió dejarme. A mí, que tanto le quise, a pesar de los problemas, a pesar de los fracasos, del absurdo de la vida. Era mi hijo, mi dulce niño. Siempre lo será. Siempre te querré, aunque ya no puedas oírme.

Aun me parece que te oigo entrar por la puerta, de regreso del colegio, con la cartera llena de libros y en los ojos una esperanza brillante, liquida como el agua. Fuiste vivaracho y listo, y a pesar de que nunca nadie te quiso, tú nunca te rendiste. Secaste tus lágrimas con dignidad, miraste siempre al frente, cumpliste con tus obligaciones, y en las tardes de soledad, siempre entendiste lo solo que estabas.

Hasta la eternidad.”

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