La calle tenia un aspecto cenizo, fantasmal, eternidad sucia y descabalada.
Salazar pensó en sus sentimientos hacia ella. Le dolía la realidad, pesaba como un lastre sobre su alma, en otros tiempos alegre y jovial, y ahora encadenada en un abismo sin nombre. << La olvidare. Olvidare su rostro angelical, su mirada liquida, y esa tierna ingenuidad que llevan encima los que aun no han sucumbido ante el peso de un mundo loco y desquiciado, hastiado de ser mundo>>, se dijo en voz alta, deseando ser escuchado por alguien. Pero no había nadie en la habitación. Estaba solo…y enamorado de una mujer que pertenecía a otro mundo, un mundo de luz y vitalidad, fiestas, gente sonriente aquí y allá, luz en el pelo y alma de esparto. Un mundo que el nunca conocería mas que en sueños. << Existe algo llamado clases sociales. Funcionan como compartimentos estancos, y todas las personas están registradas a uno de ellos desde el nacimiento. >>, le dijo un día su madre, cuando era niño. No entendió bien lo que quiso decir, pero aquellas palabras le dolieron muy dentro, como si fueran premonitorias de un destino fatal, obra de un dios cruel y despiadado. Su madre había muerto hace tiempo. Una muerte cruel e injusta, como todas. Se durmió recordando su infancia en el barrio, llenas de carreras, juegos e ilusiones truncadas.
Era noviembre, frío, húmedo y existencial. <<Noviembre es el mes de la melancolía>>, pensó, mientras se vestía para acudir a la oficina. Al bajar las escaleras, se topó con dos camilleros de aspecto fúnebre, que transportaban un cadáver anciano. << Debe llevar muerta unos diez días. La policía nos dio el aviso para que viniéramos a recoger el cuerpo<<, dijo unos de ellos; <<diez días es tiempo excesivo, el cuerpo no esta putrefacto>>, replico el otro, con aire altanero, como si arrastrar cadáveres fuera motivo de orgullo.
Dejo atrás a los funestos personajes con su debate mortuorio, y se encamino hacia la parada del autobús. Tras esperar quince minutos de frío y lluvia, el monstruo mecánico se trago a los impacientes transeúntes.
El señor Irving no era el típico de corazón grasiento y boca larga, sino mas bien un ser callado y tímido, de mirada sabia, portadora de una intuición que daba miedo. <<Este invierno va a ser duro, sobre todo para mi rodilla... Le noto preocupado, señor Salazar. A mí edad, las personas nos convertimos en antenas andantes, capaces de sentir la pesadumbre de los demás>>, dijo el viejo, mientras se aferraba a su rodilla, con gesto de dolor. << La vida, señor Irving, es un continuo teatro de las preocupaciones, hasta que baja el telón y la sala se queda oscura>>.
Lo que realmente preocupaba a Salazar no era que bajara el telón, algo inevitable, sino que la función siguiera representándose sin que el estuviera invitado.
<< ¿Ha leído el periódico ?>>, carraspeó el anciano. No solía hacer mucho caso a los diarios, pues por todos era sabido que determinados rotativos eran más útiles para empapelar las paredes, que como informadores. << ¿Figura algo interesante, o siguen haciendo alabanzas al gobierno de turno ?>>, replicó Salazar, con un tono mezcla de amargura e ironía.
Trabajar en la brigada de homicidios supone enfrentarse, diariamente, a los vericuetos del alma humana, con sus penas, sus miserias y grandezas, aunque de esto ultimo apenas se haga noticia. Dos meses habían pasado ya desde el primer y misterioso asesinato, sin pruebas, sin testigos, sin hilos por donde tirar. Una locura. Salazar dio un sorbo al café frío, mientras ojeaba el informe de la autopsia: " mujer de raza blanca...veintisiete años....muerte por estrangulamiento.... no aparecen signos de lucha...." Este último dato le desconcertó, aunque su reflexión fue interrumpida por su secretaria. << Ha llamado una tal Anderson. Era algo referente a una cita. >>
Una cita. Bonito convencionalismo para nombrar la imposibilidad de alcanzar unos ojos, una boca, un ángel azul, Fiorina Anderson.
El lugar elegido para el encuentro era un viejo café del centro de la ciudad, de mobiliario vetusto y miradas curiosas. Cuando llego, ella ya estaba allí, provocadora de mil sueños, y artífice de un estilo inimitable.
<< Te has adelantado. La puntualidad es una rara virtud en este país>>. Quiso forzar una imagen de seguridad, lo más fácil para dejar ver las cartas de la inseguridad. Tragó saliva y pidió al joven camarero dos vodkas con limón. <<En mi infancia pase algunos veranos en Londres. De los ingleses me lleve la puntualidad, y deje el Támesis>>, dijo ella, con una sonrisa que iluminaba toda la estancia, todas las caras, el triste invierno a este lado del paraíso. Su vestido salmón, ligeramente caído, su sombrero ladeado, todo en ella daba un aspecto de eternidad, de solidez, de ser inalcanzable, pero también de fragilidad, y de sueño eterno. Al piano sonaba una suave melodía.
La señorita Anderson se codeaba con lo mas granado de la ciudad; su influencia era notable, sobre todo, en las asociaciones de mujeres. Después de cinco asesinatos, la labor de un inspector de homicidios era advertir a las potenciales víctimas. << Desconozco si esta al corriente de la tragedia que se abate sobre esta cuidad>>, lanzó Salazar de repente, aunque la verdadera tragedia la vivía él en su interior; cumplir con su obligación y mantener la debida distancia, como consejero que avisa a las gallinas de la llegada del lobo, o confesar lo que sentía por ella. << Lo se. Las mujeres están aterradas.No abren la puerta a desconocidos, y apenas salen a la calle. La policía se muestra claramente incompetente para capturar a ese maníaco, - dijo ella duramente, con una futura lagrima en sus ojos- , lo siento. No quiero decir que usted sea un incompetente, me refería a....>> La conversación fue interrumpida por el sonido de un teléfono. Salazar se disculpo lo mas educadamente que sabía, y puso fin a la cita.
En el exterior, la calle era un río sin retorno, un torrente de almas, infierno de Dante. La luz difusa de las farolas y el devenir de los coches hacían la noche aun más oscura. Una llamada de teléfono. Un nuevo asesinato. Incremento de la locura. Esta vez el asesino se mostró mas osado que en las ocasiones anteriores, y había dejado el cadáver a las puertas de un colegio, para que las inocentes criaturas se deleitasen con su nueva hazaña.
La radio hacia girar el sonido, lento y comatoso, mientras la madrugada se echaba sobre la ciudad, como si fuera un león sobre su presa. El apartamento de Salazar estaba desordenado, papeles encima de la mesa, un vaso de whisky, y un cuerpo humano tendido sobre el sofá, un cuerpo que soñaba con amores imposibles, largos paseos a la orilla del río y noches cálidas, llenas de abrazos y besos. Deseos de una mirada de complicidad, por que no, las dos palabras mágicas que todo ser desea oír en su vida: te quiero. Te quiero. <<Sueños imposibles en una cuidad loca, desesperada, hombres como hormigas, sin destino y sin rumbo>>, pensó Salazar, mientras el sueño le vencía y le hacia caer en un profundo sopor.
Dicen que los sueños nunca se cumplen, que la vida es una enfermedad terminal, paradoja terrible de la existencia. Una existencia plana, vacía de sentido, solo iluminada por pequeñas chispas de alegría, fugaces y eternas. Las personas solo somos actores en el teatro de la vida, y la función tiene inicio y final. En aquellos funestos días, el papel que le tocaba interpretar a Salazar era el de cazador de un asesino implacable, que amenazaba con tragarse a la cuidad entera. Un monstruo que había iniciado un macabro juego, donde todos perderían.
<< Por lo menos tiene sentido del humor>>, dijo Salazar, mientras observaba unas fotos de la escena del crimen. << No me puedo imaginar que clase de monstruo es capaz de algo así>>, dijo el comisario Sthendal, un hombre robusto, de mirada curtida, cuyo rostro rara vez reflejaba una sonrisa. << Disfrazar un cadáver de Papa Noel indica un cierto sentido navideño, festivo >>, rió Salazar, por poco tiempo, ante la mirada inquisidora que le lanzó Sthendal.
Una mesa revuelta en documentos e informes y una cabeza envuelta en dudas no era buena para atar cabos.
Todos llevamos un monstruo dentro, la forma primaria de siglos de evolución. Nuestra sofisticada y bienpensante sociedad no puede librarse de la oscuridad, solo puede arrinconarla, adormecerla, a través de comodidades, lujos e hipocresía general. Pero sigue ahí, acechando, dentro de cada uno de nosotros.
Seis millones de almas duermen ignorantes, mientras unos ojos asesinos asedian por las esquinas; la función siempre acaba, tarde temprano. Y el horror parece desaparecer momentáneamente. Un día de mañana clara y sol despejado, el asesino fue capturado; y con el fue capturado el ser que había mantenido en jaque a una colmena de almas en vilo, pendientes de una noticia que las librase del miedo, de la incertidumbre, del riesgo de ser víctimas de un juego cruel. Los monstruos no tienen jamás apariencia de monstruo, algo difícil de asumir por la humanidad. En este caso, un estudiante de veinticuatro años, introvertido, de rostro pálido y ojeras difusas parecía ser el representante de la paradoja.
Nueve cadenas perpetuas consecutivas. << Una condena absurda -pensó Salazar, mientras se debatía entre el sopor de la tarde y el deseo de no sentir nada - por definición no se puede cumplir mas de una cadena perpetua. Absurda, pero justa. >> Un escalofrío recorrió su cuerpo. El no se había librado de su condena, de ese amor despiadado, incomprendido, difuso, con tendencia a la negación. Se acerco al teléfono con el deseo de llamar a la señorita Anderson y citarla con la excusa de la captura del asesino, pero la angustia, la ansiedad y el temor le impedían marcar el número de teléfono. <<Un conjunto de números me separa de una persona. Nunca me gustaron las matemáticas, pero nunca pensé que fueran tan vengativas. >>
“Trastorno de personalidad, motivado por maltratos en la infancia". El informe del psiquiatra era claro y evidente." Disociación de la personalidad y ausencia de remordimientos".
Hay muchos mundos, pero están en este; mundos de dolor, sufrimiento, aislamiento, donde se forjan los monstruos del mañana. Los verdugos del mañana, hoy son víctimas calladas y silenciosas, incubadoras de un odio que al final explota, llevándose por delante todo lo bello que se supone que lleva una persona en su interior.
Tras la ventana, llovía un mar de gotas que caían como plomo, sobre la calzada, sobre los coches, viandantes. Una nebulosa de luces de neón y un cielo estrellado formaban el escenario perfecto para una noche de duelo.